Esto no es una guía de viajes. Es la exploración desde la víscera de un mito llamado Acapulco. Brenda Ríos, nacida y criada en el puerto, desmonta el paraíso de película para contarnos la verdad que el salitre no puede borrar: la de los maestros rurales de Ayotzinapa, los sueños de fuga, las infancias rotas en las periferias, las casas invadidas, el rugido de las motos que cobran piso y el murmullo de un mar bello y violento. Sweet Acapulco se debate entre el allá costero y el acá chilango, entre el huracán Otis y los corruptos políticos de guayabera blanca, entre los descabezados del narco y los decepcionantes recorridos turísticos que se aferran a lo que ya no es. Y, aun así, estos textos no son un lamento: son crónicas sobre un pueblo mutable, encuentros entre la literatura de María Luisa Puga y los excompañeros de primaria a los cuales fingimos no conocer en una cantina treinta años después; son preguntas sin respuesta que nos hacemos en la fila del súper o mientras viajamos en camión huyendo del covid. Son la carta de amor áspera y necesaria de una hija que, al perder la casa familiar, comprende que hay paraísos que solo existen mientras alguien esté dispuesto a contar la historia de sus escombros.